Romano Guardini

Benedicto XVI tiene un padre: Romano Guardini

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El joven Ratzinger lo tuvo como maestro y desde entonces no ha cesado de inspirarse en su pensamiento. A cuarenta años de la desaparición del gran intelectual ítalo-germano, un análisis de su influencia sobre el Papa actual

por Sandro Magister

ROMA, 1 de octubre de 2008 – Este mismo día, cuarenta años atrás, en Munich de Baviera fallecía Romano Guardini (1885-1968), el filósofo y teólogo ítalo-germano a quien su biógrafa Hanna-Barbara Gerl definió como “un Padre de la Iglesia del siglo XX”.

Los libros de Guardini han nutrido la parte más viva del pensamiento católico del siglo XX. Entre sus alumnos hubo uno en especial, quien hoy es Papa. Se trata de Joseph Ratzinger, que cuando era estudiante y contaba con un poco más de veinte años, pudo no sólo leer sino también escuchar en vivo a aquél a quien él eligió como su gran “maestro”.

Como teólogo, como cardenal y también como Papa, Ratzinger ha confesado muchas veces en sus libros que quería continuar recorriendo las sendas abiertas por Guardini. En “Jesús de Nazareth” declara desde los primeros renglones que tiene en mente un clásico de su maestro: “El Señor”. Y en la “Introducción al espíritu de la liturgia ” muestra ya desde el título que se inspira en una obra maestra del mismo Guardini: “El espíritu de la liturgia”.

A los cuarenta años de su desaparición, en Italia, en Alemania y en otros países europeos le serán dedicados simposios, seminarios y congresos que buscarán analizar su extraordinaria contribución al pensamiento filosófico y teológico.

Pero uno de los campos más interesantes para explorar es el entrecruzamiento entre la biografía y el pensamiento de Guardini y los del actual Pontífice.

Es lo que hace en el ensayo que sigue uno de los mayores expertos en la materia, Silvano Zucal, profesor de filosofía en la Universidad de Trento y responsable de la edición crítica integral de las obras de Guardini, editadas en Italia por Morcelliana.

El artículo ha sido publicado en el último número de “Vita e Pensiero”, la revista de la Universidad Católica de Milán.

Ratzinger y Guardini, un encuentro decisivo , por Silvano Zucal

En este ensayo queremos poner la atención en el vínculo entre Romano Guardini y Joseph Ratzinger, el ahora Papa Benedicto XVI. Él ha definido a Guardini como “una gran figura, intérprete cristiano del mundo y de la propia época” y vuelve con frecuencia a Guardini en casi todos sus escritos.

En realidad, para Ratzinger la voz de Guardini es todavía actual, y que en el peor de los casos resulta ser nuevamente audible. En efecto, el pensador ítalo-germano no ha escrito solamente muchos libros que han sido traducidos a muchas lenguas, sino que en su época llegó a formar a toda una generación, la generación a la que el mismo Pontífice se siente perteneciente.

Antes de adentrarnos por completo en la visión de Guardini, retomada por el actual Pontífice, detengámonos en el sorprendente entrecruzamiento biográfico de las dos personalidades.

En el viaje de Benedicto XVI a Verona, el 19 de octubre de 2006, ha salido a la luz un “encuentro” particular entre los dos. En efecto, no se puede olvidar que Verona es la ciudad en la que nació Guardini el 17 de febrero de 1885. Profundamente conmovido, el Papa recibió como regalo precisamente en Verona una copia del acta bautismal de Guardini, cuyo bautismo se celebró en la iglesia de San Nicolò all¿ Arena. En este sentido, hay un singular entrecruzamiento de destinos entre Romano Guardini y Joseph Ratzinger. Desde los primeros años de su infancia Guardini se mudará de Italia y por formación intelectual y espiritual se convertirá en “alemán”. Luego de los años de enseñanza en Berlín, desde 1923 hasta 1939, en la segunda posguerra, luego de los tres años de docencia en Tubinga, desde 1945 hasta 1948, enseñará en forma ininterrumpida “christliche Weltanschauung”, visión cristiana del mundo, en Munich de Baviera. La ciudad que eligió Guardini es en consecuencia justamente Munich, donde fallecerá precisamente en 1968.

Ratzinger recorrerá exactamente el camino inverso. Luego de la enseñanza de dogmática y de teología fundamental en la Escuela superior de Freising, continuará su actividad docente en Bonn (1959-1969), la ciudad de la formación y de los comienzos de la actividad docente de Guardini, en Münster (1963-1966), y por último en Tubinga durante un trienio (1966-1969), como le ocurrirá también al mismo Guardini. Pero a partir de 1969 Ratzinger enseña dogmática e historia de los dogmas en la Universidad de Ratisbona, hasta que el 25 de marzo de 1977 el Papa Pablo VI lo nombrará arzobispo de Munich-Freising. Al igual que para Guardini, Münich parecía también para Ratzinger la etapa definitiva.

Pero los dos caminos se diferenciaron. Si el filósofo veronés será llamado para siempre al norte, a la ciudad de Munich que él tanto amaba, porque la sentía como una especie de ciudad-síntesis en la que también su alma italiana podía encontrarse como si estuviera en su casa, el teólogo alemán por su parte tendrá al sur como destino. Y no volverá jamás a casa, aun cuando el deseo de retornar a su Baviera era imperioso y parecía que podía ser satisfecho. Roma e Italia se convertirán en su definitiva “patria” espiritual.

Más allá de estos itinerarios, a la vez entrecruzados y opuestos en sus direcciones, estas dos figuras extraordinarias tendrán forma de encontrarse también personalmente. Ratzinger será no solamente lector de Guardini, sino también en algunas ocasiones “oyente”, como lo había sido en Berlín también el gran teólogo Hans Urs von Balthasar. En los años que van de 1946 a 1951 – precisamente los años en los que Ratzinger estudió en la Escuela superior de Filosofía en Freising, en las inmediaciones de la capital bávara, y luego en la Universidad de Munich – Guardini asume en esta misma ciudad, en la universidad y en la Iglesia de Munich, el rol de liderazgo intelectual y espiritual que todos le reconocen. Para Ratzinger, en ese momento con poco más de veinte años, la fascinación de una figura como la de Guardini es indiscutible y marcará fuertemente su mismo perfil intelectual. Cuando a partir de 1952 él comienza su actividad docente en la mismísima Escuela de Freising donde había sido estudiante, el eco de las lecciones de Guardini llegaba con fuerza a la pequeña ciudad, que respiraba cuanto aire cultural e intelectual había en la vecina capital bávara. El vínculo intelectual entre el futuro Papa y el “maestro” se hizo extraordinariamente intenso.

En efecto, son muchísimos los elementos que vinculan estrechamente a los dos pensadores, quienes se convertirán posteriormente en figuras decisivas de la Iglesia del siglo XX. Si uno llegará a ser cardenal y luego Papa, también a Guardini se le ofrecerá el cardenalato, al que renunciará. Ambos se preocupan por reencontrar lo esencial del cristianismo, buscando responder a la provocación de Feuerbach. Guardini escribirá sobre esto en 1938 la espléndida obra que lleva por título “La esencia del cristianísimo”, mientras que Ratzinger dedicará al tema su “Introducción al cristianismo”, escrita en 1968, indudablemente su obra más célebre y también, quizás probablemente, la más importante.

De la misma manera, también los vinculan estrechamente la preocupación por la Iglesia, su sentido y su destino. Si Guardini profetizaba en 1921 que “ha comenzado un proceso de gran alcance: la Iglesia despierta en las almas”, en forma más dramática Ratzinger planteaba con igual radicalidad el problema eclesiológico, a partir del cual él sostenía que la tesis guardiniana se había invertido: “El proceso de gran alcance es que la Iglesia se apaga en las almas y se diluye en las comunidades”.

En este sentido, basta pensar en la gran resonancia que tuvo la intervención que tan profundamente impactó, pronunciada por Ratzinger el 4 de junio de 1970 en la Academia Católica de Bayern, en Münich, frente a miles de personas, sobre el tema “¿por qué hoy esto todavía en la Iglesia?”. Él dijo entonces: “estoy en la Iglesia por los mismos motivos por los que soy cristiano: porque no se puede creer como si fuésemos individuos aislados. Se puede ser cristiano únicamente en la Iglesia, no junto a ella”.

Análoga es también la preocupación de los dos por el futuro de una Europa que tiende a repudiar su pasado. Basta pensar en las lecciones de Guardini sobre Europa y las intervenciones de Ratzinger, quien también como Papa ha querido recordar el sentido de Europa y de sus raíces, considerando a Europa “una herencia vinculante para los cristianos”.

LA CUESTIÓN LITÚRGICA

Un punto crucial de encuentro entre el actual Papa y Guardini es indudablemente la liturgia. Ambos están unidos en la pasión común por ella. Para poner en claro su deuda respecto a Guardini, Ratzinger tituló a su libro sobre el tema litúrgico, publicado en la fiesta de san Agustín de 1999 y que tuvo un éxito extraordinario (4 ediciones en un año), “Introducción al espíritu de la liturgia”, recordando precisamente el célebre “El espíritu de la liturgia” de Guardini, publicado en 1918.

Escribe el mismo Ratzinger en la premisa a su libro: “Una de mis primeras lecturas luego del inicio de mis estudios teológicos, al comienzo de 1946, fue la opera prima de Romano Guardini, ‘El espíritu de la liturgia’, un pequeño libro publicado en la Pascua de 1918 como volumen inaugural de la colección ‘Ecclesia orans’, a cargo del abad Herwegen, muchas veces reeditada hasta 1957. Con justa razón, esta obra puede ser considerada como el inicio del movimiento litúrgico, ya que contribuyó de manera decisiva a hacer que la liturgia, con su belleza, su riqueza oculta y su grandeza que trasciende al tiempo, fuese redescubierta como centro vital de la Iglesia y de la vida cristiana. Dio su contribución para que la liturgia se celebre en forma ‘esencial’ (término tan apreciado por Guardini); la quiso comprender a partir de su naturaleza y de su forma interior, como oración inspirada y guiada por el mismo Espíritu Santo, en la que Cristo sigue haciéndose contemporáneo a nosotros, irrumpiendo en nuestra vida”.

Y prosigue la comparación. Ratzinger parangona su propio intento con el de Guardini y lo considera del todo coincidente en lo espiritual, aunque en un contexto histórico radicalmente diferente: “Quiero arriesgar un paralelismo, que como todos los paralelismos es en gran parte inadecuado, pero que ayuda a comprender. Se podría decir que la liturgia era hasta ese entonces — en 1918 — en ciertos aspectos similar a un fresco que se ha conservado intacto, pero que estaba casi tapado por una cobertura exterior: en el Misal, con el que el sacerdote celebraba la liturgia, su forma esta plenamente presente, tal como se había desarrollado desde los orígenes, pero para los creyentes estaba escondida en gran parte por instrucciones y formas de oración de carácter privado. Gracias al movimiento litúrgico y — de manera definitiva — gracias al Concilio Vaticano II, el fresco fue sacado a luz y por un momento nos quedamos todos fascinados por la belleza de sus colores y de sus figuras”.

Pero luego de la limpieza del fresco, el problema del “espíritu de la liturgia” hoy vuelve a ser propuesto por Ratzinger. Manteniendo la metáfora: para el actual Papa, diversas y equivocadas tentativas de restauración o de reconstrucción, preocupación acercada por la masa de visitadores, han hecho que el fresco haya sido puesto gravemente en peligro y con el peligro de arruinarse si no se toman las medidas necesarias para poner fin a tales influencias dañinas. Para Ratzinger, no se trata de volver al pasado. En efecto, él dice: «Naturalmente, no se debe volver a taparlo, sino que es indispensable una nueva comprensión del mensaje litúrgico y de su realidad, de tal forma que el haberlo llevado a la luz no representa el primer paso de su ruina definitiva. Este libro querría representar precisamente una contribución a tal comprensión renovada. Sus intenciones coinciden entonces sustancialmente con lo que Guardini se había propuesto en su momento; por eso he elegido a propósito un título que recuerda expresamente ese clásico de la teología litúrgica”. Y también en el desarrollo del texto, sobre todo en el primer capítulo, él confronta las tesis de Guardini y su célebre definición de la liturgia como “juego”.

En la intervención conmemorativa de 1985, Ratzinger se detenía a su vez en la fundación histórico-filosófica de la renovación litúrgica propuesta por Guardini. En la obra “Formazione liturgica” [Formación litúrgica] de 1923 el filósofo saludaba con espíritu liberador el fin de la época moderna, ya que ésta había representado la ruina del ser humano y, más en general, del mundo, una brecha esquizofrénica entre una espiritualidad desencarnada y mentirosa y una materialidad embrutecida que es solamente un instrumento en las manos del hombre y de sus objetivos. Se aspiraba al “espíritu puro” y se cayó en lo abstracto, en el mundo de las ideas, de las fórmulas, de los aparatos, de los mecanismos y de las organizaciones. El alejamiento de lo moderno coincidía en Guardini – subrayaba Ratzinger – con el entusiasmo orientado al paradigma medieval bien ejemplificado en el libro del mártir del nazismo Paul Ludwig Lansberg, “Il Medioevo e noi” [El Medioevo y nosotros], publicado en 1923. Para Guardini, esto no significaba abandonarse a un romanticismo del Medioevo, sino recoger la lección permanente. En el acto litúrgico está el verdadero auto-cumplimiento del cristiano, por eso en la lucha por el símbolo y por la liturgia lo que está en juego – comenta Ratzinger sobre la estela de la lección de Guardini – es el devenir mismo del hombre en su dimensión esencial.

El futuro Papa se detendrá luego también en las afirmaciones expresadas por Guardini en su famosa carta enviada en 1964 a los participantes al tercer Congreso Litúrgico de Maguncia, que contenía la célebre pregunta: “¿El acto litúrgico, y con él sobre todo lo que se llama ‘liturgia’, está quizás tan vinculado históricamente a la Antigüedad o al Medioevo que por honestidad se lo debería abandonar hoy del todo?”. Ésta era una pregunta que en realidad escondía un interrogante dramático: ¿el hombre del futuro estará todavía en condiciones de cumplir el acto litúrgico que requiere un sentido simbólico-religioso ya en extinción, más que la sola obediencia de la fe?

Ya sin el pathos optimista de la primera hora, Guardini entreveía el rostro de lo postmoderno con rasgos bien diferentes de los deseados anteriormente por él. Se trataba de un verdadero y auténtico shock espiritual, causado por la civilización técnica que invade todo, como ya lo atestiguaron sus “Cartas del Lago de Como”, publicadas en 1923. Por eso, subraya Ratzinger, “a pesar de la alegría producida por la reforma litúrgica del Concilio desarrollada a partir de su trabajo, algunas de las dificultades de los últimos tiempos se encuentran explicitadas en su carta de 1964. Guardini exhorta a los liturgistas reunidos en Maguncia a tomar en serio el alejamiento de los que consideran a la liturgia como ya no exigible y a reflexionar sobre que se puede hacer para que se acercan a ella, si la liturgia es esencial”.

LA OPCIÓN TEOLÓGICA FUNDAMENTAL

Guardini, recuerda Ratzinger, se encontró sumergido de lleno en el drama de la crisis modernista. ¿Cómo salió de ella? Fiel a la lección de su primer maestro, el teólogo de Tubinga Wilhelm Koch, pero atento también a los límites y a los riesgos de esa perspectiva, se orientó hacia la búsqueda de un nuevo fundamento y lo encontró a partir de su conversión. “La breve escena — subraya el futuro Papa — de cómo Guardini, luego de la pérdida de la fe, ingresa de nuevo en ella, tiene algo de grande y emocionante, justamente en la modestia y simplicidad con la que él describe el proceso. La experiencia de Guardini en la buhardilla y sobre el balcón de la casa de sus padres muestra una semejanza verdaderamente asombrosa con la escena del jardín en el que san Agustín y Alipio encontraron la aparición de la propia vida. En ambos casos entreabre la parte más interior de un hombre, pero al mirar el interior de lo que es más personal y más oculto o al escuchar el latido del corazón de un hombre se percibe de golpe el repicar de campanas de la historia más grande, porque es la hora de la verdad, porque un hombre ha encontrado la verdad”.

Un encuentro ya no con Dios entendido en sentido universal, sino con “el Dios concreto”. Ratzinger destaca que en ese momento Guardini comprendió que tenía a la mano toda su vida entera, y contó con ella y más bien tuvo que disponerse a hacerlo. La elección fue la de dar su vida a la Iglesia, y es de aquí que viene su opción teológica fundamental: “Guardini estaba convencido que sólo libera el pensar con el sujeto Iglesia y, sobre todo, hace posible la teología. Programa que hoy es nuevamente actual y debe ser tomado en consideración en la forma más profunda, como petición a la teología moderna”.

Para Guardini, un conocimiento teológico constructivo no puede realizarse nunca cuando la Iglesia y el dogma aparecen solamente “como límite y cierre”. De aquí su lema, provocador desde el punto de vista teológico: “nosotros éramos decididamente no-liberales”, lema que alude al hecho que para él la Revelación divina se ponía como criterio último, como “hecho originador” del conocimiento teológico, y la Iglesia era “su portadora”.

El dogma se convertía así en el ordenamiento fecundo del pensamiento teológico. Fundamento efectivo de su teología fue entonces la experiencia de la conversión, que para Guardini constituyó la superación del espíritu moderno y, en especial, su derivación subjetivista post-kantiana. Para nuestro pensador, entonces, “al comienzo no está la reflexión, sino la experiencia. Todo lo que se presentó más tarde como contenidos, está desarrollado a partir de esta experiencia originaria”.

Al describir la estructura fundamental del pensamiento de Guardini, el futuro Papa se detiene sobre las que, a su entender, constituyen las categorías principales en el interior de la unidad de la liturgia, de la cristología y de la filosofía.

Ante todo, el “vínculo entre pensamiento y ser”. Es un vínculo que implica la atención hacia la verdad misma, la búsqueda del ser detrás del hacer. Basta pensar en las palabras pronunciadas por Guardini en su lección de prueba en Bonn: “el pensamiento parece querer de nuevo dirigirse en actitud adorante hacia el ser”. Sobre la estela de Nicolai Hartmann, de Edmund Husserl y, sobre todo, de Max Scheler, para Ratzinger la propuesta de Guardini expresaba “el optimismo por el hecho que en ese entonces la filosofía marchaba de nuevo como cuestión de los hechos mismos, un comienzo que llevaba completamente sólo en dirección de las grandes síntesis del medioevo y del pensamiento católico formado por ellas”. Para Guardini – subraya el futuro Papa – la verdad del hombre es la esencialidad, la conformidad con el ser, mejor dicho, “la obediencia al ser” que es ante todo obediencia de nuestro ser frente al ser de Dios. Sólo de este modo se llega a la fuerza de la verdad, a ese primado determinante y orientador del logos sobre el ethos, sobre lo cual Guardini insistía desde hace muchísimos años. Lo que él quería, concluye Ratzinger, era siempre “un nuevo avance hacia el ser mismo, la preocupación por lo esencial que se encuentra en la verdad”.

Con el pensamiento obedeciendo al ser — a lo que se muestra y que es — han emergido además muchas otras categorías del pensamiento de Guardini, que el futuro Papa sintetiza de esta manera: “La esencialidad, a la que Guardini contrapuso una veracidad meramente subjetiva; la obediencia que resulta de la relación con la verdad del hombre y que expresa su modo de tornarse libre y de ser integralmente uno con la propia esencia; por último, la prioridad del logos sobre el ethos, del ser respecto al hacer”.

A ellas se agregan otras dos categorías, que emergen de los escritos metodológicos de Guardini: lo “concreto-viviente” y la “oposición polar”.

Lo “concreto-viviente”, además de ser una categoría general del pensamiento de Guardini, asume también, según Ratzinger, una valencia cristológica: “El hombre está abierto a la verdad, pero la verdad no está en cualquier lugar, sino en lo concreto-viviente, en la figura de Jesucristo. Este concreto-viviente se demuestra como verdad precisamente a través del hecho que él es la unidad de lo aparentemente contrapuesto, puesto que el logos y el a-logos se unen en él. La verdad está únicamente en el todo”. “Lo aparentemente contrapuesto” es a lo que alude la otra categoría metodológica fundamental, la de la “oposición polar” de los opuestos que, mientras se oponen, a la vez se reclaman mutuamente: silencio-palabra, individuo-comunidad. Sólo quien sabe tenerlos juntos puede abandonar toda forma de peligroso exclusivismo y todo dogmatismo deletéreo.

UNA ADVERTENCIA PARA EL FUTURO

El 14 de marzo de 1978 la Academia Católica de Baviera otorgó el “Premio Romano Guardini” al presidente del Land de Baviera, Alfons Goppel, y para pronunciar la “Laudatio”, como se acostumbraba, se llama a Joseph Ratzinger en calidad de presidente de la Conferencia episcopal bávara. Fue un texto de extraordinario densidad, en el que reseñó las diversas dimensiones de lo “político”: la política como arte, la pertenencia del político a un territorio, la responsabilidad hacia el Estado, el vínculo entre verdad y conciencia en el ámbito político.

En este último pasaje, Ratzinger retomó una vez más la lección de Guardini: “En Alemania habíamos hecho experiencia del tirano que manda a la muerte, destierra y confisca. La utilización sin conciencia de la palabra es una especie particular de tiranía, que a su modo igualmente manda a la muerte, confisca y destierra. También hoy hay motivos suficientes para expresar similares advertencias y para reclamar las fuerzas que están en condiciones de impedir una tiranía de este tipo, la que crece a ojos vista. La experiencia de la sanguinaria tiranía de Hitler y el estar alerta frente a nuevas amenazas hicieron que en sus últimos años, casi contra su temperamento, Romano Guardini se convirtiese en un dramático pregonero de la ruina de la política, a causa de la anulación de las conciencias, y lo impulsaron a invitar a una interpretación justa, no meramente teórica sino real y eficaz, del mundo según el hombre que actúa políticamente en base a la fe”.

Guardini llegó a proponer temas de tal relieve en el mundo académico alemán, desde Berlín a Tubinga y hasta en Munich. Relación controvertida –afirma el futuro Papa – la del pensador con la universidad alemana, que desde los tiempos de la cátedra en Berlín lo llevó a sufrir “a causa de la impresión de estar más allá del canon metodológico de la universidad, por la cual en efecto no fue abiertamente reconocido. Se consoló pensando que con la lucha para comprender, juzgar y dar forma, podía ser el precursor de una universidad que en ese entonces todavía no existía”. Ratzinger hace aquí una acotación que hace pensar en las recientes polémicas sobre la fallida visita del Papa a la Universidad de Roma “La Sapienza”: “Está a favor de la universidad alemana el hecho que Guardini pudo encontrar espacio con su propio camino y la pudo sentir cada vez más como morada de la propia vocación particular”. Sólo el nazismo le quitó provisoriamente las cátedras y, recuerdo de ese trágico evento, luego de la guerra — subraya el futuro Papa — y en una intensa intervención académica sobre la cuestión judaica Guardini defendió en forma apasionada la universidad como el lugar donde se indaga sobre la verdad, donde los asuntos y las experiencias humanas se miden a la luz de los criterios del pasado gran y sin el asedio del presente, donde más se debería despertar la responsabilidad para con la comunidad.

No habría triunfado el Tercer Reich, nos recuerda Ratzinger con palabras de Guardini, si la universidad alemana no hubiese conocido su “ruina” a causa de la remoción de la cuestión de la verdad por parte de modelos académicos dominantes: “Guardini tomo posición, en la época, con un arrebato implorante que normalmente parecía serle totalmente extraño, contra la politización de la universidad y su penetración por parte de los dirigentes de los partidos, de las vocinglerías de las asambleas y del alboroto de la calle, y ha gritado a sus oyentes: Señoras y señores, ¡no lo permitan! Se trata de algo que remite a lo que es común a todos nosotros, la historia futura”.

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Written by Juan Gabriel Ravasi

octubre 29, 2010 a 11:57 pm

2 comentarios

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  1. mil gracias por compartir este articulo, soy una fuerte admiradora tanto de Romano Guardini como de nuestro actual Santo Padre Benedicto XVI

    maría Ivonne Bolio M.

    junio 9, 2012 at 10:09 pm

  2. Muchas gracias por la buena información sobre Romano Guardini, de quien me siento humilde discípulo y a quien llevo leyendo desde los años 50 (ya tengo 82). Y me agrada en especial este artículo sobre la relación de Guardini con mi muy admirado papa emérito Benedicto XVI, que ya conocía, pero que aquí se amplia. Todo lo que sea difundir el pensamiento de Guardini es hace una gran servicio al ser humano, pues lo estimo el pensador más calificado del siglo XX sobre lo que se puede llamar existencia humana y cristiana, y su influjo llega a los grandes teólogos como Rahner, Von Balthasar, Ratzinger y Gonzales de Cardedal. Mi enhorabuena y estímulo para continuar difundiendo sus obras y poniéndolas al alcance del gran público.

    Carlos Mª López-Fé


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