Romano Guardini

El fenómeno del poder

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Romano Guardini

1. Una palabra que en las consideraciones sean teórico-culturales, sean práctico-políticas de nuestro tiempo, regresa con bastante frecuencia es aquella del poder. [1] Y no sin fundamento, porque esta realidad ha retomado una medida tal de caracterizar en modo particular nuestra situación histórica. Por ello es ciertamente útil delinear con agudeza el significado del término.

Y ello tanto más en cuanto viene adoptado con múltiples sentidos. Se habla de la potencia de una gran montaña, del león como de un animal potente, del poder de un hábito. Nosotros, en cambio buscaremos, por lo tanto, determinar el fenómeno, expresado en el término, partiendo de su significado más general para llegar a aquel específico. En los varios momentos de esta determinación, señalaremos también a los problemas presentes en este fenómeno.

En sentido general poder significa la posibilidad de un ente de llevar a cabo una acción. Su fenómeno pertenece por lo tanto no al ámbito del ser substancial, sino a aquel de la energía y del acto. Eso radica naturalmente en el ser. Viene determinado [el poder] cada vez desde las propiedades y desde las estructuras del mismo [el ser], pero no es idéntico a él. En este sentido muy general el poder tiene todo lo que es, porque cada ente es operativo. No se da un puro existir. El ser está así estrechamente relacionado al poder que, como nos dice la física, las últimas partículas del átomo pueden ser vistas tanto bajo la prospectiva del ser estático, cuanto bajo aquella de la energía. Por ello siempre, según este punto de vista, aparecen tanto como masa (corpúsculo), cuanto como unidad energética (onda) y forman las últimas determinaciones de la realidad entre sus opuestos dialécticamente. Hablando concretamente: una piedra es activa, por ejemplo, bajo forma de presión que, por influjo de la gravedad, ejerce sobre cuanto le está debajo. Una corriente eléctrica produce efectos a veces de enorme alcance.

Esto no es aún lo que entendemos cuando queremos definir bien el fenómeno del poder. A la acción que procede de la cosa inanimada y de la energía de los no vivientes falta aquél carácter de interioridad que nosotros pensamos a priori vinculado con el concepto de poder. Aquella acción pertenece a aquel complejo de transformaciones de la energía, que penetra toda la naturaleza inanimada y forma la unidad dinámica.

Cuando nosotros hablamos de poder, entendemos una actividad que deriva del espacio íntimo de un ente. Esto es: ello está en encuentro con la vida. Solamente un viviente puede tener poder, porque solamente en él existe iniciativa.

Con ello intentamos decir que la actuación de la energía no tiene, como adviene en un proceso químico o en un evento físico, el carácter de una cadena causal que implica al ente considerado, pero que el acto operativo resulta de una esfera interna del ente en cuestión. En sentido aproximativo podemos decir que en la planta existe un tipo de poder, precisamente aquél de crecer, de penetrar en el suelo, de absorber los elementos nutritivos, de emitir olores, de atraer los insectos con su perfume, de producir semillas, etcétera.

Pero todo eso revela, sea en su nacer, sea en su desenvolverse, un carácter de necesidad. Así el elemento de iniciativa se realiza de modo imperfecto. Se trata de pura causalidad física: sólo que no se cumple, como en las realidades inanimadas, en una realidad «externa» directamente dada, sino de lo interno hacia lo externo.

En el animal el momento de la iniciativa se realiza a un nivel más perfecto. Él se mueve de un lugar a otro; persigue, atrapa a la presa, la consume; construye habitaciones, como cavernas o nidos; elabora instrumentos que le sirven a determinados propósitos, como la telaraña de la araña, etcétera.

El impulso a hablar de poder es aquí mucho más vivo que en el caso de la planta. La iniciativa brota de un nivel interno «más profundo», orientado por determinados instintos y órganos perceptivos. Sea por la cualidad, sea por la gradación, dicha iniciativa tiene posibilidades incomparablemente mayores, las cuales son tan grandes que el observador está siempre tentado a hablar de inteligencia y de finalidad consciente. Todavía no podemos aún hablar propiamente de verdadero poder, porque esta iniciativa del animal, en su primer surgir, como en todo su arco operativo, está dominada por las necesidades de la propia disposición natural y del propio ambiente. Apenas uno habla de poder en un animal, estamos ya en el mundo de las fábulas. Esopo y La Fontaine hablan del animal como si tuviera poder, para explicar con ello ciertos procesos éticos del hombre.

Podemos hablar de poder en sentido propio solamente donde el momento de la iniciativa alcanza su pleno significado, precisamente en la libertad, esto es, en el hombre. Determinan la libertad dos momentos, que se condicionan recíprocamente. El primero consiste en que el portador del acto, el sujeto, en el acto sea íntimo a sí mismo, que posea la propia particular energía y en su actualización a sí mismo. El segundo en esto, que el sujeto en acto se trascienda a sí mismo y por ello esté en grado de disponer de la propia energía. Las dos cosas juntas se llaman libertad. Podemos hablar de poder en sentido estricto solamente allí donde la energía viene actuada en la libertad. Pero solamente el hombre posee la libertad. Igualmente, la interioridad, de la cual brota la iniciativa, alcanza su pleno significado sólo en el hombre. Y precisamente aún a través de dos momentos. El primero es la conciencia: el hombre conoce la propia energía; dicho más exactamente, él es consciente de sí mismo en la actuación de la energía. El segundo momento es la finalidad: el ejercicio de la energía se dirige hacia un propósito y se vale de un medio adaptado para alcanzarlo.

La realidad que porta y permite todo (esto) es el espíritu. Dicho con mayor precisión, el espíritu, que se posee a sí mismo, es la persona. El poder es un fenómeno humano. Nosotros aquí prescindimos ya de la cuestión de si son seres sobrehumanos que ejercen poder, como los ángeles y los demonios, ya de aquella otra como es la naturaleza del poder del Ser absoluto, es decir, de Dios. Poder, por tanto, significa la posibilidad existente en la naturaleza del hombre de pensar, elegir y de realizar acciones que brotan de la propia iniciativa.

Con esto viene también dicho que para un verdadero ejercicio del poder es necesario poseer la naturaleza normal y formada del hombre.

Un niño a través del estímulo de su inconsciente, la inmediatez y la ingenuidad de su deseo, puede producir acciones de gran importancia; pero no ejercita propiamente poder, sino solamente lo irradia de la propia interioridad. Alude al futuro del propio poder, pero por ahora lo contiene solamente como en germen. Un menor puede, con una extraordinaria concentración, querer y realizar alguna cosa, pero aún no hay verdadero y propio poder, porque donde obra la constricción psicopatológica no hay libertad y, por tanto, no hay tampoco verdadera iniciativa. Su hacer es un fenómeno ambiguo: de cualquier manera cae en el modo de operar del animal, sin que el sujeto sea realmente un animal. De aquí lo inquietante y al mismo tiempo trágica impresión de su existencia.

Al fenómeno del poder, y por tanto de la libertad, pertenece la capacidad, aún la inevitabilidad, de tener que responder de sí y de la propia iniciativa. Aquí la iniciativa operante no tiene solamente el carácter de causa, sino de autora. Lo que ocurre, ocurre solamente porque el sujeto lo quiere. Así al verdadero concepto de poder se vincula directamente el de responsabilidad.

La verdadera realidad del poder es ya radicalmente un relevante fenómeno ético. Nietzsche ha erigido la «inocencia del hacer» como supremo valor: el completo hacer humano alcanza un carácter de necesidad que está, más allá del bien y del mal, desvinculada de toda valoración ética. Tal pensamiento es altamente contradictorio porque busca llevar el estado de la persona a la pura necesidad del ser natural. Es el malentendido del non posse peccare [no poder pecar] del hombre perfecto, el cual nace de la completa unión de la voluntad con la gracia de la vida eterna: de la naturaleza del santo. O bien, del carácter de plena espontaneidad que a la ocasión se nota en el modo de hacer de un hombre felizmente dotado.

2. El análisis llevado hasta aquí ha respondido a la pregunta de a cuál sujeto es exacta la acción que amerita el nombre de poder.

La respuesta fue dada: es el hombre. Solamente el hombre, no precisamente el concepto de hombre se toma en su pleno significado, puede tener y ejercitar poder. Ahora debemos de buscar de qué género sea la energía que está a disposición del hombre.

Las energías del mundo inanimado son radicalmente y unívocamente determinadas. Se trata siempre de energías de naturaleza: gravitacional, eléctrica, etcétera. Esas operan juntas y juntas producen aquel todo, aquel efecto total, que se llama «mundo».El individuo animal es ya un entramado de diversos tipos de energía. Desde la naturaleza específica del animal en cuestión están determinadas sus necesidades, su ambiente. Cada especie animal tiene relación con una determinada parte de la totalidad del mundo, emerge de ella y opera en ella.

A la esencia del hombre pertenece la totalidad del encuentro con el mundo. Naturalmente el hombre singular, y así, también, en grado cada vez mayor, un grupo social, la población de un país, son el hombre –o la población- de una bien definida época histórica. Pero ello solamente hasta un cierto punto, porque el hombre tiene la posibilidad de trascender los propios límites primariamente dados. O personalmente, a través de la experiencia, el estudio, el ejercicio, etcétera, o bien a través del prolongarse de una generación en la otra, de una fase histórica en otra. De aquí que la historia, sea individual, sea general, puede ser definida como la ampliación continua de relaciones que el hombre tiene con el mundo. El hombre es, en su forma (Gestalt) individual, la analogía potencial de la totalidad del mundo (microcosmos).

Las diversas energías del mundo se repiten en el hombre. Pero asumen en él un nuevo carácter, porque entran en el espacio de la libertad. Con lo cual pierden aquellos vínculos a través de los cuales son incorporadas en el mundo no-humano, adquieren una nueva movilidad; pueden crecer hasta una intensidad y una extensión del campo operativo no calculables a priori. Por otro lado, pierden aquella seguridad, que es propia de los vínculos naturales de las leyes.

En el espacio de la libertad humana, la energía deviene en poder. Pero precisamente por esto llega a ser también hasta un cierto grado arbitraria. Como poder, la energía se vuelve posibilidad de poseer, de dominar, de plasmar, de crecer, pero también posibilidad de errar, de excederse, de destruir. La historia está caracterizada por esta realidad de hecho. Ella es el conjunto orgánico de los acontecimientos que el hombre cumple con las energías del mundo, transformadas libres en él.

3. Para aclarar mejor esta realidad de hecho en su totalidad, caractericemos con mayor precisión sus elementos.

En el mundo humano aparecen sobre todo las energías químico-físicas. Éstas están constituidas por su masa, por la estructura de su sistema óseo y de su músculos, por sus posibilidades motoras, por sus órganos sensitivos, etcétera. Aquello que ocurre en los no-vivientes, en la planta, en el animal, se repite en el hombre.

La medida y la extensión de tales energías están en primera instancia limitadas. En comparación a ciertos fenómenos naturales, como temporales, tempestades, procesos volcánicos, energías de ríos y del mar, etcétera, el hombre es débil, expuesto al peligro de la destrucción. Del mismo modo, respecto de muchos animales, él es indefenso. Pero puede reforzar sus fuerzas inmediatas, haciéndose de los instrumentos en base al conocimiento de las leyes físico-químicas.

Mientras el instrumento permanece inscrito en el contexto directo de los movimientos del cuerpo y de las capacidades operativas, la máquina, por el contrario, se desvincula de ese contexto. Aquélla se enseñorea de una energía natural y dirige la acción hacia determinados fines. Produce así, a través de un ciclo de funciones autónomas, aquello que el hombre con la fuerza de su solo cuerpo no quiere o no puede producir.

Diversas máquinas con propósitos tal vez especializados vienen a operar en un complejo orgánico en el cual una prepara o continúa la acción de la otra. Así, resultan los grandes y complicados organismos que llamamos fábrica, sistemas de fábricas o, tomadas en su sentido complejo, industria de un país.

Finalmente en la automatización la cadena de acciones está a tal punto calculada que el hombre tiene solamente la tarea del control: el trabajo se desarrolla por sí solo.

Estos mecanismos técnicos pueden objetivarse cada vez más y constituir un complejo siempre más amplio. Pero en su esencia todo esto permanece inscrito en la existencia del hombre. Con ello las energías químico-físicas de la naturaleza vienen inscritas en su poder y determinadas por su libertad.

Otro tipo de poder es el social. Los individuos humanos están vinculados entre ellos por diversos tipos de dependencia: nacimiento, educación, defensa, división del trabajo, mutua asistencia, etcétera. Cada una condiciona una parte del poder de quien depende un determinado resultado. En el conjunto del todo social se forman así campos cada vez más vastos de ejercicio de poder, con relativos centros, como empresas, direcciones de varios géneros, hasta culminar, en última instancia, en las diversas formas de dominio político.

Algo análogo ocurre en las relaciones económicas. Quien tiene bienes de quien otro tiene necesidad, ejerce con ello un poder sobre él. Este poder se articula en las innumerables formas de producción y distribución de bienes, los cuales se concentran igualmente en puntos de absorción, de extensión y de importancia creciente.

El hombre posee poder psicológico. El cual está presente en la acción que un afecto, una pasión, un deseo ejerce directamente sobre otro hombre. Alegría, luto, entusiasmo, desaliento, cólera, resolución, operan por sí mismos sobre otros hombres, provocando los mismos sentimientos o sus contrarios.

Una acción particularmente fuerte viene ejercida por el instinto sexual, desde el deseo físico hasta el Eros más sublime. Ello solicita en el otro la respuesta: consentir o resistir.

Un nuevo carácter asume la energía psíquica en las diversas formas de la sugestión. Aquí el agente, con la concentración de su voluntad, con la elección y la formación de los motivos y de las representaciones útiles al propósito, incrementa, disminuye, guía la iniciativa del hombre sobre el cual se dirige, subordinándola a su voluntad. La energía de esta influencia puede asumir grados y formas muy diversas, como lo muestra, entre otras cosas, la propaganda, la publicidad, la incidencia de la opinión pública, etcétera. En el caso de la sugestión perfecta, esto es, en la hipnosis, el hombre sometido viene completamente inscrito en el ámbito sentimental y volitivo del agente y reducido a un órgano de su voluntad.

El hombre posee lo que llamamos el poder de la personalidad. Un fenómeno muy complejo, que abarca diversos elementos: por un lado, características corporales, como fisonomía vigorosa, determinadas formas de comportamiento y del movimiento del cuerpo, etcétera; por otro lado, elementos psicológicos: como fuertes sentimientos, energía y decisión de voluntad, claridad de concepción de la vida, etcétera.

Debemos decir la misma cosa de lo que podríamos denominar intensidad del ser. El término «ser» es un verbo; indica el acto fundamental por el cual el hombre realmente es, se afirma como realidad y se impone a la conciencia del otro. También él ejerce actividad, hace que el otro, también si inferior, se someta, apruebe la particular dirección de la voluntad, deje caer los impulsos opuestos, etcétera.

El hombre opera a través de momentos espirituales. A través de la verdad reconocida y expresada en la palabra: tanto más fuerte, cuanto más clara es la conciencia, cuanto más justa y convincente (es) la palabra. Esto opera con la fuerza motriz de las ideas tanto más intensamente, cuanto más puntualmente éstas muestran la situación espiritual o psicológica de quien escucha; cuanto más están «a tiempo» llamadas por las condiciones de emergencia; cuanto mejor se inscriben en la corriente de la historia.

Él (el hombre) obra con ejemplaridad, en cuanto realiza en sí mismo aquello que es útil, bueno, noble, lo que ennoblece la vida, etcétera. Los ejemplos del obrar honesto y de comportamiento noble, rectamente cultivados y correspondientes a las instancias del tiempo; pero también viceversa, aquellos del hacer disolvente y destructor ejercen un poder inmenso. La influencia educativa se basa en gran parte sobre este poder; así inmenso es el poder ejercido por los ejemplos negativos, por las seducciones.

Puede existir un poder «mágico», oscuro en su substancia, pero real. Como existe necesidad de realidad misteriosa y suprasensible, así existe la capacidad de mostrar esta necesidad y de satisfacerla o disfrutarla de modo verdadero o falso. A esta esfera pertenecen también las capacidades parapsíquicas: clarividencia, telepatía. Surge espontánea la pregunta sobre hasta qué punto estos fenómenos son verdaderos. Ahora, cuanto más atrás vamos en la historia, tanto más grande llega a ser la acción de estas capacidades o fuerzas, o sea, el vínculo que ellas contraen con funciones objetivas de carácter político, cultural, técnico. La racionalización y mecanización de la existencia parece atenuarlas o reprimirlas. Por otra parte la extraordinaria difusión de la superstición muestra que en lugar de los verdaderos fenómenos parapsíquicos entran fenómenos falsos, como, por ejemplo, en el ámbito de la astrología.

Existe, en fin, el poder religioso. El cual radica en la intensidad de la experiencia religiosa experimentada; en la capacidad de expresar en palabras la esfera numinosa, de representarla en símbolos o de hacer resaltar sociológicamente estos símbolos. Además, se funda sobre la ejemplaridad de quien siente la religión en profundidad; sobre la autenticidad y pureza, con la cual él (el hombre) actúa la propia convicción.

Hace falta, por otra parte, hacer notar también cuánto ha sido envenenada una religiosidad desviada, falsa e impura; especialmente si se considera la interferencia o la convertibilidad de los impulsos religiosos con muy diversos estímulos de carácter social, cultural, patológico, etcétera. Crisis religiosas, sectas, formas de superstición, muestran la vastedad de tales poderes, así como los revela el abuso que es posible hacer de una religiosidad en sí auténtica al servicio de propósitos políticos, económicos, sociológicos.

El poder religioso alcanza su culmen en el fenómeno de la misión religiosa: del mensaje, del signo, del milagro.

4. En el ámbito sea natural sea cultural, habría que recordar alguna otra forma de poder. Siempre se verificaría el hecho fundamental por el cual una determinada forma de energía entra en el contexto viviente del hombre, y por tanto bajo la forma determinada de la libertad.

Similarmente haría falta mostrar en qué modo las diversas formas de poder se vinculan, se transforman la una en la otra, se incrementan, se impiden, y cómo después nace aquel múltiple e inmenso complejo que llamamos vida humana, cuya objetivación es la cultura y cuyo movimiento es la historia.

La aspiración al poder forma un impulso fundamental de la naturaleza humana y es dado con la personalidad. El ejercicio del poder es la realización de la persona en sentido propio.

A cada hacer humano, de cualquier género que sea, está conectada una adquisición de poder. Esta adquisición de poder es tan variado cuanto son variadas las posibilidades en el hombre de llegar a operarlo. El poder opera como impulso en cada hacer.

Si se impide al hombre la efectuación de la necesidad de poder, la posibilidad de la autorrealización y de la autoconciencia en la experiencia tomada del poder, todo ello constituye una causa de decaimiento psíquico. Así, por ejemplo, la escuela de Adler elaboró toda una teoría de la psicopatología y psicoterapia sobre la necesidad de poder frustrado al cual se debe buscar una nueva (forma de) actuación. Por otra parte, la voluntad de poder puede hipertrofiarse en megalomanía, en violencia, como también puede unirse a otros impulsos y pervertirlos.

5. El fenómeno del poder encuentra un particular complemento en aquello de la impotencia. Analizado punto por punto se revelaría tan rico cuanto aquello del poder mismo. Aquí podemos dar solamente algunas indicaciones.

Sobre todo hace falta prestar atención a la impotencia puramente negativa, esto es, a la simple ausencia de todo lo que más arriba fue indicado como forma de poder. Dicha ausencia se verifica en aquellos a quienes falta salud o fuerza física, inteligencia, habilidad, bienes de fortuna, posición social, etcétera. Ella constituye en primer lugar un estímulo para la voluntad de poder del fuerte, y para los fenómenos derivados de la violencia, de la astucia.

Esta deficiencia puede también llegar a ser, en quien la sufre, un impulso a compensarla con el ejercicio, con la agudeza, con la profundidad y la maduración ética. De ello nace secundariamente una nueva forma de poder: la del hombre que ha estructurado su vida en una dimensión ético-personal.

El fenómeno se presenta diverso allí donde la impotencia del débil, del que sufre, del indigente, puede apelar a los sentimientos altruistas, presentes en el fuerte, en el sano, en el rico. Ello produce en el hombre sensible un inmediato sentido de obligación, que podemos llamar el «imperativo altruista» y que puede conducir a grandes muestras de generosidad desinteresada. Así, las debilidades y las deficiencias humanas, cuanto más grandes son, se transforman en energías indirectas tanto más decididamente operantes.

En el encuentro de las generaciones entre sí, la debilidad del niño llega a ser un reclamo que opera directamente sobre los padres, los educadores, sobre los adultos en general, supuesto naturalmente que éstos sean sensibles al sentimiento de responsabilidad. Algo análogo ocurre para las personas ancianas. También aquí la impotencia se transforma en los otros, cuando son sensibles a ella, en una nueva forma de poder.

Una particular forma de «potente impotencia» nace en orden a los valores elevados de la persona y de la obra. El hombre, a quien el desinterés, la nobleza, la elevación de sentimiento impiden ejercer un poder de carácter inmediato, opera todavía mediante una especie de vínculo moral (verpflichtend) sobre quien es sensible a aquellos valores. Nace un engagement, y por tanto un poder secundario, que puede conducir a expresiones elevadas.

Aquí se funda todo lo que podemos llamar «caballería», un inmediato sentimiento de obligación en el hombre de sentimientos elevados de cara a ciertos valores que por sí mismos no salen consiguen imponerse. Por ejemplo, él socorrerá a un hombre noble que está por sucumbir en la lucha de cada día, o bien, luchará por conservar una bella obra artística o cultural amenazada por intereses materiales.

En tal contexto vuelve a entrar toda aquella eficacia particular ejercitada por la ausencia de violencia en la lucha política. Gandhi ha desarmado la potencia colonial inglesa con el unir al reclamo de libertad de su pueblo la perfecta renuncia al ejercicio de la fuerza y devuelve todo lo digno de fe con su personal desinterés, con la renuncia a toda astucia, con su lealtad y con la fe en el buen derecho de su causa. Con ello él puso a su adversario en un verdadero y propio estado de constricción, obligándolo a escoger entre la brutalidad y la dignidad. Pero evidentemente todo esto presupone, al margen de toda la dureza de los intereses políticos y económicos, el ethos de la cultura occidental. Este llamado no hubiese tenido efecto, por ejemplo, sobre el cínico realismo de la política marxista.

De modo similar opera la actitud del mártir religioso que no se defiende, pero permanece fiel a su fe. También él mete en un largo andar a su adversario en la situación dilemática entre el ser espiritual y éticamente inferior y la necesidad de conceder la libertad reclamada. Del mismo modo influye la pobreza voluntaria que renuncia al poder económico o el perdón que sabe renunciar a la venganza.

La impotencia, representando los valores que son evidentes en sí mismos y fundándolos con las elevadas cualidades morales de su defensor, llega a ser una potencia sobre el otro. Ella lo pone en la situación de comportarse como un bárbaro, o bien, reconociendo los valores de que andamos hablando, de comportarse como generoso y ponerse por tanto éticamente sobre el mismo nivel del impotente.

Haría falta mostrar en particular los presupuestos de carácter psicológico, ético, histórico-cultural necesarios, a fin que el llamado a la impotencia sea percibido y seguido. Pero, por otro lado, indicar también cuándo dicho llamado pierde su fuerza, cuando llega a ser inauténtico, irreal, en el falso sentido idealista o desfigurado en técnica y astucia.

_________________

* Tomado de la traducción italiana de A. Babolin.

 Notas

 [1] Cf. El ensayo del autor, Il Potere, Morcelliana, Brescia 1954.

Fuente: Atti del XVII Convegno del Centro di Studi Filosofici tra professori universitari, Gallarate, 1962, en Potere e responsabilità, Brescia, Morcelliana, 1963, pp. 475-482. [Traducción del italiano, Fidencio Aguilar, febrero 2004]. Disponible en el sitio “Mundo y persona”, http://www.geocities.com/fidens

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Written by Juan Gabriel Ravasi

julio 15, 2012 a 3:18 pm

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