Romano Guardini

Vía Crucis

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 Romano Guardini

Este texto está dedicado a la más antigua y hermosa de las devociones populares, el “Vía Crucis de Nuestro Señor y Salvador”.
Nació esta devoción directamente del corazón del pueblo, de su afán por poner vivamente ante la vista los santos misterios de la Salvación, tomar parte en ellos y poder decir: “Así fue, y aquí sucedió esto, y allí aquello”.
Ya los cristianos de la primera comunidad de Jerusalén anduvieron, en ciertos momentos y para devota memoria, el camino que había tenido Jesús que recorrer. Tomaba, así, vida ante su mirada interna lo que había sucedido en este camino y en aquel cruce de calles; lo que había pasado por sus corazones en aquellas horas angustiosas, para revelar más tarde su infinito significado a la luz de la mañana de Pascua y en la plenitud espiritual de Pentecostés. Ellos transmitieron a otros lo que recordaban, y éstos, a su vez, a otros. Y, cuando más tarde llegaron los peregrinos a Jerusalén, se encontraron con una tradición antiquísima que vinculaba a ciertos lugares los acontecimientos más importantes de la última andadura del Señor. Hacían en ellos su “statio” –o estación, término que, en el antiguo lenguaje de la Iglesia, significaba pararse y recordar devotamente algún suceso, en actitud de entrega a Dios– y retrocedían con la mente a aquellos días, imaginándose que ellos mismos habían pertenecido a la pequeña y fiel comitiva que había seguido los pasos del Señor y compartido su sufrimiento.
Más tarde surgió en Occidente la idea de plasmar los sucesos del Vía Crucis en imágenes y colocarlas en las iglesias. Se quería, así, hacer accesible este ejercicio de santa evocación a quienes no podían peregrinar a Tierra Santa. Fueron, sobre todo, los franciscanos quienes realizaron este esfuerzo. El Vía Crucis, limitado al principio a las iglesias de esta Orden, fue pronto erigido en todas las ciudades, hasta que, finalmente, se permitió que todas las iglesias y capillas, cumpliendo determinadas formalidades, representaran las catorce “estaciones”. También las gracias espirituales de esta devoción se volvieron accesibles a todos: al que recorre el Vía Crucis, es decir, va de una estación a otra y medita los misterios de la Pasión arrepintiéndose de sus pecados, se le conceden las mismas indulgencias que si anduviera el camino de la Pasión en Jerusalén.
Tal fue el origen que hoy conocemos. El Vía Crucis es una devoción popular de purísima ley, pues aúna imágenes y pensamientos, acción externa y disposición interior, verdad histórica y cultivo del espíritu de fe. Es la más apropiada para acercarse a la Pasión del Señor de forma a la vez reverente y confiada, espontánea y bien configurada, como es propio del espíritu del pueblo. De ello dan testimonio, singularmente, las estaciones cuyo contenido no procede de la Sagrada Escritura, como, por ejemplo, la caída de Cristo bajo la cruz. El pueblo dejó aquí volar su imaginación y acertó en lo esencial. ¿Acaso no es la idea directriz del conjunto que el Señor cae una y otra vez bajo la pesadísima cruz, y vuelve a levantarse de nuevo con la fuerza de su amor? A quien lo medite hondamente, el encuentro del Señor con la Verónica se le revela como una maravilla de religiosa intimidad.
El Vía Crucis siempre tiene algo nuevo que decir al que lo reza. Un día es una estación la que le habla de modo más penetrante; otro día puede ser otra. Algunas escenas permanecen largo tiempo mudas, pero, cuando las despierta alguna experiencia espiritual nueva, empiezan de pronto a hablar al alma. Otras estaciones las acompañan con su luminoso misterio sin cambiar durante años. Y si alguien se acostumbra a llevar sinceramente al Vía Crucis experiencias personales, azarosas preocupaciones y perplejidades, recibirá a menudo insospechada luz e inesperado consuelo. Dos enseñanzas tiene, ante todo, que darnos esta devoción. En primer lugar, nos enseña a sentir en propia carne lo que el Señor padeció. Caminamos con él, sufrimos con él. Entonces se nos revela qué grande es el amor del Salvador, y qué grande nuestro pecado. Aprendemos a arrepentirnos, y tal vez recibamos la gracia de una profunda conversión.
En segundo lugar, el Vía Crucis es una escuela de superación. Vemos cómo sufre el Señor amarguísimos dolores de cuerpo y alma, pero también cómo los supera por amor a Dios y a nosotros. Y aprendemos a vivir nuestro destino de forma semejante. En este Vía Crucis resalta, sobre todo, este segundo aspecto. El primero no ha sido olvidado; pero el Vía Crucis debía mostrarse, ante todo, como una escuela de superación del dolor. Con ello espera el autor prestar un servicio a más de una persona en estos duros tiempos. El que sigue el Vía Crucis ha de reencontrar en las distintas estaciones su propia vida, y ver unidos sus sufrimientos diarios a los del Señor; y sacar de ahí comprensión y energía para no sólo soportar su dolor, sino incluso superarlo.
El Vía Crucis de nuestro Señor y Salvador
ORACIÓN INICIAL
Señor, Tú dijiste: “Si alguien quiere ser mi discípulo, tome su cruz de cada día y sígame”. Yo quiero ahora seguir tus huellas y recorrer en espíritu tu vía dolorosa. Haz, pues, que cobre vida ante mi alma lo que padeciste por mí. Abre mis ojos, toca mi corazón, para que vea y grabe en mi interior lo grande que es tu amor por mí, y me vuelva a Ti, mi Salvador, con toda el alma, y me aparte del pecado que tan amargos sufrimientos te causó.
Me pesan de todo corazón, Señor, los pecados que he cometido. Quiero empezar de nuevo; ponerme seriamente en camino y seguirte. Ayúdame. Ayúdame también a llevar mi cruz contigo. Tu vía dolorosa es la escuela de todo padecer, de toda paciencia y toda abnegación. Haz que reconozca en ella mi propia indigencia. Enséñame a comprender lo que ella me sugiere, lo que debo hacer precisamente yo, y precisamente ahora. Y luego haz que esa comprensión se fortalezca y dé fruto, de modo que también yo actúe conforme a ella.
Amén
PRIMERA ESTACIÓN
JESÚS ES CONDENADO A MUERTE
Jesús está ante el tribunal. Los que le acusan son calumniadores. El juez es un hombre sin carácter. El proceso, un escarnio de toda justicia. Este tribunal declara al Señor culpable de un grave delito. La pena es ignominiosa y terrible a la vez. Y Jesús sabe bien lo puras que han sido siempre sus intenciones. ¡Y cuánto ha amado al pueblo y se ha sacrificado por su salvación! La terrible injusticia y frivolidad de esta sentencia debe de haber conmovido el corazón del Señor hasta el fondo. ¡Cómo se sublevaría mi sentido de la justicia si alguien quisiera imponerme un castigo injusto! Cómo me rebelo contra la desgracia cuando pienso que no la he merecido.¡Y eso a pesar de que sé bien lo culpable que soy! ¡Cómo habrá tenido que afectar al Señor la miserable farsa del juicio! Él, sin embargo, calla. Acepta la sentencia con un acto de voluntad libre, porque en esa decisión late la santísima voluntad del Padre, y en ella se juega nuestra salvación.
Pero todo lo que ahora va a suceder está embebido de la ácida amargura de ser injusto e inmerecido. Señor, Tú me precediste y me abriste el camino. Enséñame ahora a seguirte cuando
me llegue la hora. Si tengo que recibir órdenes o reproches dichos en tono áspero, muéstrame lo que haya en ellos de justo, y enséñame a olvidar lo injusto. Cuando un deber me parezca insoportable, quiero reconocer en él la voluntad del Padre y cumplirlo. Si me vienen sufrimientos que considere inmerecidos, enséñale a mi corazón a ajustarse a la voluntad de mi Padre, como hiciste Tú. Si sufro una injusticia manifiesta, que tu gracia me ayude a guardar silencio y dejar mi justificación en manos del Padre.
SEGUNDA ESTACIÓN
JESÚS TOMA LA CRUZ SOBRE SUS HOMBROS
Ha sido dictada la sentencia. Jesús la ha aceptado en silencio. Y ahora traen la cruz. El reo mismo debe llevarla hasta el lugar de la ejecución. Jesús acoge el madero del dolor. No deja pasivamente que se lo carguen, sino que lo agarra con decisión.
Este gesto no responde a una exaltación irreflexiva. Lo que va a suceder se presenta, en todo su horror, al espíritu de Jesús de modo preciso y duro. Él no se llama a engaño. Lo que le mueve no es tampoco el valor de la desesperación. El Señor actúa con plena libertad, sin miedo alguno.
La misión que el Padre le ha encomendado la ve realizada en la cruz, nuestra salvación. Esta es la meta que ansía con toda la energía de su corazón. Por eso su alma está lúcida y serena. Va al encuentro de la cruz y la toma, decidido, en sus manos. Señor, una cosa es decir cuando todo va bien: “estoy dispuesto a cuanto Dios quiera”, y otra distinta es hallarse realmente dispuesto cuando llega la cruz. Entonces, el corazón se vuelve a menudo indolente y medroso, y se olvidan las buenas disposiciones. Ayúdame, pues, a mantenerme firme cuando llegue la hora. Tal vez esté ya la cruz aquí, o muy cerca. Que venga cuando sea: yo quiero estar preparado. Hazme fuerte y generoso, para que no me lamente ni oponga a lo que haya de suceder un día. Quiero mirarlo a los ojos con valentía y reconocer allí la llamada del Padre.
Otórgame la firme confianza de que también este dolor será para mi bien, y dame fuerza para aceptarlo resueltamente. Si consigo esto, buena parte de su amargura habrá sido ya superada.
TERCERA ESTACIÓN
JESÚS CAE POR PRIMERA VEZ BAJO EL PESO DE LA CRUZ
No ha dormido en toda la noche y no ha tomado nada desde ayer tarde. “Lo han llevado a rastras de una autoridad a otra. Los dolores y la pérdida de sangre lo han debilitado. La inmensa ruindad de los hombres lo ha atormentado interiormente. El Señor está terriblemente cansado.
La cruz es demasiado gravosa para Él; su peso desborda sus fuerzas. La lleva un trecho, temblándole las rodillas, pero luego tropieza con una piedra, o alguien del gentío le empuja y lo hace caer.
¡Qué duros son los hombres en tales momentos! Risas, insultos y golpes llueven sobre el caído. En cuanto puede, Jesús se levanta, alza con esfuerzo la cruz sobre sus hombros heridos y sigue adelante.
Señor, la cruz es demasiado pesada para Ti, pero Tú la llevas por nosotros, pues así lo ha querido el Padre. Su peso rebasa tus fuerzas; sin embargo, no la arrojas lejos de Ti. Caes, vuelves a levantarte y sigues llevándola.
Enséñame a entender que todo sufrimiento verdadero ha de parecernos en algún  momento y de alguna manera demasiado pesado para los hombros, pues no fuimos creados para sufrir sino para ser felices. Toda cruz parece, alguna vez, exceder a nuestras fuerzas. Y se oyen de nuevo palabras de agotamiento y angustia: “¡Ya no puedo más!”. Señor, por la fuerza de tu paciencia y tu amor, ayúdame en esa hora para que no falle. Tú sabes lo pesada que puede llegar a ser una cruz. Tú no nos tomas a mal cuando desfallecemos, y nos ayudas a levantarnos de nuevo. Renueva mi paciencia, derrama su fuerza en mi alma. Entonces, ella vuelve a levantarse, toma su carga y sigue caminando.
CUARTA ESTACIÓN
JESÚS SE ENCUENTRA CON SU MADRE
La Virgen habrá estado esperando en un cruce de calles, y ahora se une a la comitiva. Nada se dicen la madre y su Hijo. ¿Qué iban a decirse? Se sienten los dos solos, completamente solos en el mundo –a pesar de la masa anónima que los rodea– mientras sus miradas se entrelazan y sus corazones laten al unísono. Sólo Dios sabe qué inmenso amor y sufrimiento atravesó entonces sus almas y se comunicó a través de sus miradas.
¿Quieres pensar durante un momento cómo era el alma de María? Muy fuerte, sensible y profunda: amor puro. Y, aunque pueda a veces suceder que las madres vean su dolor aliviado por la capacidad del corazón humano de embotarse y no ahondar en el motivo del sufrimiento, María, la elegida entre todas ellas, la cercana a Dios, no tuvo tal alivio. Ella vivió el dolor hasta lo más hondo. Fue un instante largo y breve al mismo tiempo. Luego le dijo el Señor con su mirada: “Madre, así debe ser. El Padre lo quiere”. “Sí, hijo mío, el Padre lo quiere, y Tú también: así ha de suceder”.
¡Oh Señor, querido Señor mío, que sea yo el culpable de esta amargura…! ¡Por mí te separaste de tu Madre! Señor, este sacrificio no debe ser inútil para mí. Haz que lo recuerde cuando Dios me llame y mi corazón se sienta atado por las personas.
Enséñame a superar el respeto humano, cuando alguien quiera impedir que dé testimonio de Ti. Enséñame a liberarme de los miramientos humanos, cuando éstos quieran apartarme de mis obligaciones. Enséñame a ser más fuerte que el amor humano, por grande y puro que sea, cuando éste me ponga en peligro de serte infiel. Pero, Señor, enséñame a hacerlo como Tú lo hiciste: con amor. No con rudeza y desconsideradamente, sino con delicadeza y tacto. Y estoy seguro de que si, en atención a Ti, debo hacer daño a alguien en cuanto al amor, éste se fortalecerá en Ti. Y lo que tenga que perder por Ti, en Ti lo recobrará mil veces.
QUINTA ESTACIÓN
SIMÓN DE CIRENE ES OBLIGADO A AYUDAR A JESÚS
Por unos instantes, el Señor se ha visto cobijado por el amor maternal. Ahora tiene que salir de ese ámbito de amparo. Y le resulta doblemente amarga la rudeza que le rodea; la cruz le pesa el doble. Está solo. Los que le quieren se ven desvalidos. Los que podrían ayudarle no quieren.
Al ver los soldados de la guardia que las fuerzas de Jesús flaquean, echan mano de un campesino –de nombre Simón– que vuelve del campo; él ha de ayudarle a llevar la cruz. Pero no quiere; tiene hambre, quiere ir a casa, comer y descansar. ¿Por qué ha de fatigarse por ese agitador? Se niega y tienen que obligarle. Toma la cruz indignado y furioso. Menguada ayuda va ser ésta para Jesús…
El Señor se halla en total soledad; está completamente solo en su horrible aflicción. Únicamente el Padre está junto a Él. Señor, a muchos has ayudado; ahora te han abandonado todos. Y Tú no te rindes, por mí, para ser mi camino y mi apoyo. Si algún día me encuentro solo en el dolor, pensaré en Simón de Cirene. Con qué frecuencia se ve abandonado el que está en un apuro. Solo en el dolor, sin que nadie le ayude. Solo en su dolor interior, sin que nadie le comprenda. Y si acude a los demás con su problema, verá en su rostro cuán incómodo les resulta. Sus gestos y palabras le indican: “¿Qué nos importa eso a nosotros?”
Señor, en esas horas acompáñame. Ayúdame, para que asuma esa soledad y no desfallezca.
No debo ir enseguida a compartir mis congojas con los demás. Tengo que aprender a asumirlas libremente, a solas contigo. Y si algún día veo claramente en mi interior que, en el fondo, cada uno está solo con sus problemas y debe resolverlos por sí mismo, pues, en definitiva, nadie puede ayudar a los demás, hazme entonces sentir que Tú estás junto a mí. Hazme saber que eres fiel: no me abandones.
SEXTA ESTACIÓN
LA VERÓNICA ENJUGA EL ROSTRO DE JESÚS
El Señor se siente del todo abandonado. A su alrededor sólo hay hostilidad, crueldad, dureza de corazón. Está extenuado a causa de la sed y el dolor; se halla cansado en cuerpo y alma hasta el desfallecimiento. La cruz le pesa horriblemente. Siente como si fuera a asfixiarse, y, a menudo, todo gira ante sus ojos.
Cualquier otro se escaparía, completamente desesperado, y no mostraría interés por nada. Y, al acercarse la Verónica y ofrecerle su lienzo, no la hubiera siquiera mirado,¡ antes seguiría, ciego e indiferente, dando traspiés.
Jesús, en cambio, jadea bajo la carga, pero su corazón es tan delicado y se halla tan despierto que es capaz de valorar el humilde servicio de esta mujer; manifestarle su aprecio y agradecérselo al modo divino. Enjuga su rostro, y, cuando le devuelve el paño, éste lleva impresos sus santos rasgos.
¡Oh Señor, qué fuerte y sensible es tu corazón! Tú, alma regia, noble sobre toda nobleza, absolutamente libre. ¡Tú solo libre entre nosotros, siervos de la vida y del dolor!
¡Oh, hazme libre a mí también! Cuando esté sufriendo y vaya a volverme ciego e indiferente hacia las personas que me rodean, mantén lúcida mi mirada y libre mi corazón del egoísmo que tan fácilmente asalta a los que sufren. Ayúdame a no pensar siempre en mí. No debo volverme exigente, convertirme en una carga para los demás,¡ perturbar su alegría porque me siento triste. Enséñame a apreciar los pequeños servicios del amor; y a valorarlos debidamente y dar gracias por ellos.
Sí, debo aprender a ser yo mismo útil a los otros, pues uno supera muy fácilmente su dolor cuando se olvida de sí mismo y ayuda a los demás. Enséñame a pensar en ellos y entenderlos. Muéstrame cómo puedo ganar su confianza; cómo puedo decirles una buena palabra, y consolarlos, animarlos, apoyarlos.
SÉPTIMA ESTACIÓN
JESÚS CAE POR SEGUNDA VEZ BAJO LA CRUZ
Simón de Cirene ha ayudado mal. Posiblemente, acabó marchándose. Jesús vuelve a estar solo entre el pueblo despiadado. De su madre ha tenido que separarse; sus discípulos han huido; los pocos que le son fieles se sienten impotentes entre el gentío. Nadie le ayuda en su desvalimiento. La cruz es muy pesada; pero más le pesa sobre su alma la ingratitud que le rodea. Con el amor más desinteresado anunció a todos el Reino de Dios. De modo que puede haber ahora alguien entre la multitud a quien haya curado o alimentado en el desierto. Y ahora todos braman contra Él, como si fuera su peor enemigo.
Esto es lo que lo hace caer por segunda vez al suelo. Pero una gran luz resplandece en su alma: justamente a través de lo que le están haciendo quiere salvarlos. Así que vuelve a levantarse por segunda vez con esfuerzo, y sigue andando.
¡Señor, ojalá comprendiera yo lo grande que es sufrir por los demás! Todos tus sufrimientos albergan una oculta dulzura, porque Tú sabes que son para nosotros una fuente de bendición y salvación. ¿No puedo yo pensar lo mismo? ¿No puedo yo soportar lo que me oprime a favor de otros? ¿Ofrecer en sacrificio al Padre Celestial, junto a tu Pasión redentora, mis preocupaciones, mis trabajos y sufrimientos? Por todos los que me son queridos: esposos, hijos, padres, hermanos… Por todas las necesidades del ancho mundo… Por todo lo grande, puro y santo que está en peligro… Por los muchos que yerran, y están en pecado, y se han extraviado…
¡Ojalá comprendiera yo profundamente que mis padecimientos serían entonces una bendición para otros! ¡Que participan de la energía que irradian los sufrimientos del Redentor! ¡Que atraen la gracia de Dios sobre los demás, y consuela cuando nadie puede hacerlo! ¡Sí, entonces se habría vencido verdaderamente al dolor! Se lo habría superado en su raíz más honda.
Y, en lugar de estar despechado, sentiría yo, en medio de mis penalidades, la alegría de ser instrumento de Dios en la obra del amor y la redención. ¡Señor, te pido con toda mi alma que me enseñes a comprender esto! Haz mi alma grande y generosa, para que comprenda esta gran verdad inefable, y dale el amor necesario para ponerla en obra.
OCTAVA ESTACIÓN
JESÚS HABLA A LAS MUJERES DE JERUSALÉN
También aquí se manifiesta el prodigio de la libertad interior de Jesús. Cuando pienso cómo tiene Él que sentirse… Su cabeza, atormentada por las espinas; su cuerpo, desgarrado por hondas heridas, torturado por un sudor acre… A punto de ahogarse bajo el peso de la cruz… A su alrededor, sólo odio y burlas, y ante él el horrible final… Si estuviera yo en tal situación, y vinieran algunos hacia mí profiriendo grandes lamentos, compadeciéndose de mí con voces y llantos, ¿no me invadiría una impaciencia irrefrenable?
Pero el alma de Jesús permanece libre y serena. Y, aunque todo en él tiembla de dolor, habla con calma a las mujeres y cumple su misión de enseñarles y amonestarles. A todos nos llega la hora en que nos oprimen grandes sufrimientos, y todo en nosotros se estremece bajo su violencia. Los nervios ya no quieren obedecer, y nos cuesta esfuerzo dominarlos e impedir que se derrumben. Doble esfuerzo si el entorno nos atormenta con una conducta insensible e irracional.
Señor, si alguna vez me sucede esto, ayúdame a mantener la calma. Que el ejemplo de tu paciencia me dé fuerza para dominarme y ser amable con los demás, incluso con los insensatos, insensibles y rudos.
Quiero proseguir pacíficamente mi trabajo y seguir profesándote aun estando bajo de ánimo.
NOVENA ESTACIÓN
JESÚS CAE POR TERCERA VEZ BAJO LA CRUZ
Poco después de la segunda caída, vuelve Jesús a desplomarse. ¿Qué podemos decir ante semejante martirio? ¿Repetir palabras? Todas parecerían aquí vacías. Intenta sentir lo que Él padece. Lo mortalmente cansado que está, y lo que significa caer bajo tal carga y en tal entorno ¡por tercera vez! Jesús está al límite de sus fuerzas. Sin embargo, se yergue una vez más, y carga con la cruz hasta la meta. Pero allí no le espera la salvación, sino una muerte horrible.
¡Oh Jesús, el fuerte por excelencia, Tú estás en mí, y yo en Ti. Contigo debo perseverar en el dolor, incluso cuando piense que ya no puedo más. Contigo tengo que cumplir mis deberes, incluso tratándose de obligaciones sencillas. Ayúdame a no desfallecer en las grandes pruebas y a no rehuir el cumplimiento del deber. Y si caigo, por debilitarse mis fuerzas, ayúdame a levantarme de nuevo.
Tres veces caíste; tres veces te levantaste. Enséñame a comprender, Señor, que no exiges que no seamos débiles nunca, sino que volvamos a levantarnos una y otra vez. Enséñame a entender que toda nuestra vida terrena es siempre un constante volver a levantarse, un decidido recomenzar.
DÉCIMA ESTACIÓN
JESÚS ES DESPOJADO DE SUS VESTIDURAS
Todo se lo han quitado: su libertad, sus amigos, su actividad. Ahora le quitan, incluso, la dignidad de su cuerpo. Totalmente desnudo, es expuesto a la mofa. Cualquier descarado puede mirarlo y escarnecerlo. Todos los que antes lo veneraron como un gran profeta y lo celebraron como Mesías, amigos, extraños, las gentes de todo el pueblo lo ven ahora en su humillación. El alma de Jesús es fuerte, profunda, indeciblemente noble y delicada. Su sentido del honor es muy vivo y sensible. El deshonor lo acosa como una llama devoradora. Pero él está cumpliendo la voluntad de Dios, y persevera.
Señor, recuérdame esta hora amarga cuando se trate de mi propia honra. Cuando alguien malentienda mi intención y me atribuya motivos ocultos. Cuando se me calumnie y manche mi buen nombre. Cuando me malentiendan incluso los que me son próximos y deberían saber cómo pienso yo.
Este escarnio incalificable lo has padecido por mí. Haz que tu ejemplo me dé fuerza en las horas de prueba. Dios sabe la verdad. En esta convicción me apoyaré. Pensaré que mi honra queda a su cuidado, y que él me justificará en el momento oportuno. No dejes que pierda la paciencia; no permitas que devuelva mal por mal, que censure, juzgue e incluso levante sospechas sobre quien ha mancillado mi honor. Ayúdame a seguir siendo justo, permanecer sereno y confiar en Ti.
UNDÉCIMA ESTACIÓN
JESÚS ES CLAVADO EN LA CRUZ
Lo que sucede ahora es tan horrible que quisiera uno huir para no tener que presenciarlo. Y ver cómo lo crucifican y levantan la cruz… ¡Oh, mi Señor y Salvador…! Pero yo no tengo derecho a escapar; debo quedarme aquí, pues Él padece por mí. Hasta ahora, Jesús ha podido al menos recorrer el camino, moverse, esforzarse. En este momento, todo eso cesa. Ya no puede hacer más que estar suspendido en silencio y resistir.
Los dolores en los miembros atravesados, en su cabeza y en todas sus profundas heridas se vuelven cada vez más lacerantes; la sed le atormenta más y más; la congoja del corazón se acrecienta. Y él no puede ayudarse de ninguna forma; ni moverse ni hacer otra cosa que resistir y sentir cómo se acerca la muerte. ¡Y las gentes alrededor!
¡El odio demoníaco y las burlas de sus enemigos! ¡La rudeza del populacho!
¡Oh Señor, perdona a este pecador! Pues soy culpable de tu desgracia. Y haz que Tu pasión no quede sin fruto en mi vida. Haz que yo experimente en mí tu paciencia y tu energía divina. Para todos llega un día la hora en la que no puede hacer nada, ni salvar su honra, ni aliviar su dolor, ni encontrar salida a su situación menesterosa. Así será, sobre todo, en la última enfermedad, cuando uno sepa que se acerca el fin y el médico se vea incapaz de remediarlo.
Entonces está cada uno clavado y no puede prestarse ayuda. Sólo puede hacer una cosa: centrar el corazón y la voluntad en Dios; aferrarse firmemente, muy firmemente a la voluntad del Padre y perseverar en silencio. Y dejar completamente en sus manos el que las cosas tengan un fin bueno o amargo. Señor, cuando esa hora llegue, estarás a mi lado, lo sé. La fuerza de tu cruz estará en mí, y me hará fuerte.
DUODÉCIMA ESTACIÓN
JESÚS MUERE EN LA CRUZ
Jesús padece durante tres horas. Junto a la cruz están su madre y su amigo del alma. “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, le dice a ella. Y a Juan: “Ahí tienes a tu madre”. Es como si se desligara del amor de estas dos personas, en el que se hallaba envuelto.  Jesús quiere estar solo. Ha tomado sobre sí nuestras culpas; quiere asumirlas él solo ante la eterna justicia. Nadie ha de acompañarle. Totalmente solo ha de resolver ese tremendo asunto con Dios.
Lo que, en ese momento, sucedió en el alma de Jesús nadie lo sabe. Entonces exclamó: “¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?” Nadie ha desvelado el misterio de que el Hijo de Dios pueda estar abandonado de Dios. Sólo podemos decir esto: Hasta ahora su corazón sentía consuelo y apoyo en la cercanía de Dios. Ahora, hasta de esto se ve privado.
Jesús se ve despojado y solo. Abandonado de todos. Está solo con nuestras culpas ante la justicia divina.
Nadie podrá llegar a imaginarse jamás lo que esto significa. Sólo una cosa le sostiene: su inquebrantable lealtad a la misión que el Padre le encomendó; su inconcebible amor por nosotros. Y en este amor se consume él, hasta que todo esté terminado.
“Todo está consumado”. Yo adoro a la infinita justicia de Dios, ante la que comparezco como pecador. Y a Ti, mi Salvador, que por mí intercediste. Señor, Tú me has salvado; te lo agradezco de todo corazón. Me has mostrado también cómo puedo sobrellevar mi dolor y cómo puedo superarlo por mí mismo: mediante el amor. Sólo podré sobrellevarlo si lo recibo, como Tú de la mano del Padre. Si confío en Sólo podré superar el dolor si lo convierto en una bendición para otros, como Tú hiciste. Si lo sobrellevo y lo ofrezco al Padre por los que amo, por todos a los que quiero ayudar. Entonces, mi dolor participará en la omnipotencia de tu pasión; atraerá la gracia del Padre y prestará ayuda donde nada ni nadie puede hacerlo. Y entonces también me ayudará a mí, al saber que no sufro en vano, sino que mi sufrimiento supone una bendición para otros.
Y si llega la hora en que no puedo hacer nada y me siento inútil en este mundo, puedo realizar lo más excelso: ofrecer contigo, de modo abnegado y discreto, mi dolor, mi impotencia, incluso mi muerte por los demás. Señor, sólo así se logra lo que ni la sabiduría humana, ni poder o bien alguno del mundo pueden conseguir: sólo así son realmente vencidos el dolor y la muerte.
DECIMOTERCERA ESTACIÓN
JESÚS ES BAJADO DE LA CRUZ
El Señor ha apurado su cáliz de dolor. Ahora está muerto. La obra maravillosa de Dios, esta vida floreciente, llena de energía y riqueza, inmensamente fuerte y delicada, ha quedado destruida.
Humanamente hablando, Jesús tenía todavía la vida ante Sí. ¡Cuánto podía aún haber hecho, enseñado y ayudado! ¡Qué plenitud de vida divina hubiera podido brotar de Él si hubiera vivido una vida humana completa!
Todo eso ha sido aniquilado. Pero ésta es “la locura de la cruz” “El grano de trigo tenía que morir” para que naciera de Él la vida más alta, y quienes lo enterraron se convirtieron, sin quererlo, en sembradores de la Salvación. Ésta es, Señor, la respuesta a las amargas preguntas: ¿Por qué tenemos que sufrir cuando todo nos llama a ser felices y llevar una vida creativa? ¿Por qué hay que morir? ¿Por qué hay que irse cuando no se ha vivido la vida todavía? ¿Por qué hemos de devolver lo que nos es tan querido?
Aquí fracasa la sabiduría humana. Sólo en la cruz está la respuesta: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo”. Todo nuestro dolor, nuestro sacrificio y nuestra muerte son simiente celestial. Si nos identificamos con la voluntad de Dios, se trueca vida por vida, para nosotros y para los demás. Así quiero creerlo.
Quiero confiar en Dios y apoyarme en Él, para que también mi vida, mi dolor y mi muerte den fruto eterno.
DECIMOCUARTA ESTACIÓN
JESÚS ES DEPOSITADO EN EL SEPULCRO
Envuelven el cuerpo del Señor en sábanas de lino y lo depositan en la tumba de José de Arimatea. Hacen luego rodar una pesada losa sobre la entrada del sepulcro y vuelven, tristes, a sus casas. Ahora todo está en silencio. Respiramos aliviados por haber terminado, al fin, el horrible sufrimiento.
Una paz profunda rodea la tumba solitaria. Es la paz de la plenitud. El que duerme allí ha llevado a término, con lealtad divina, cuanto el Padre le había encomendado. Ahora descansa de su labor. Nosotros tenemos la impresión de que en torno a este silencioso lugar relampaguea ya la inminente gloria de la Pascua.
Pero los discípulos ven todo de otra manera. Para ellos se ha perdido toda esperanza. Para ellos, el sufrimiento y la muerte del Viernes Santo son el fin. Pero también a ellos se les aparece pronto Jesús, irradiando fuerza y luz, y descubren que “el Mesías debía sufrir todo eso para entrar en su gloria”, y que su muerte era el precio de nuestra vida.
Oh, Señor, ésta es la Buena Nueva que nos trajiste a todos: que tras cada Viernes Santo viene la Pascua de Resurrección; que todo sufrimiento es una fuente de bendición, y la muerte misma es semilla de nueva vida para quienes se acogen a Ti.
Enséñame a comprender esto. Haz que se avive en mí esta convicción cuando vengan las horas difíciles. Entonces veré por experiencia que de esta forma no sólo puedo soportar el sufrimiento, sino también superarlo. En Ti quiero sentirme superior a él y convencerme de que el alma sale fortalecida de cada episodio doloroso vivido con valentía, y un rayo de luz pascual brilla cuando se supera un momento sombrío. Y experimentaré que quien así contigo vive y sufre… también en la amargura participa de tu paz.
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Written by Juan Gabriel Ravasi

abril 2, 2015 a 11:04 pm

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